Aforismos de nuestros pensadores
Jorge Eduardo Arellano
De cuatro pensadores nicaragüenses he seleccionado, extrayéndolos de sus obras, varias decenas de aforismos. Me refiero a esa “sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte”, de acuerdo con el DRAE. Pero esta definición resulta insuficiente. Porque el aforismo también expresa una norma de vida y contiene mucho de máxima filosófica. De hecho —observa Humberto Eco—, se diferencia de la máxima en su brevedad. Yo añadiría en su concisión, agudeza e ingenio.
El aforismo abunda en casi todas las literaturas. Pero no tanto en la nicaragüense. Luis H. Debayle (1856-1938) fue el primero de nuestros pensadores en escribir aforismos y máximas. Aún más: las organizó y difundió en el volumen Luz y amor (1927) y en el folleto Reflexiones y aforismos (1937). En ellos no concibió ninguna vana pretensión. Apenas el deseo de transmitirlos a sus hijos, siguiendo los magnos ejemplos franceses del siglo XVIII: Montaigne, Pascal y Jean de la Bruyere, autor de Los caracteres. Es De la Bruyere —imitador de Séneca en el pensamiento y de Teofrasto en la brevedad— el modelo del prosista Debayle que, en sus dos obras citadas, tensa la lengua, como se tensa una cuerda floja mediante un nudo que centuplica su fuerza. De hondura y exactitud cartesianas, sus aforismos admiten todavía una lectura provechosa. He aquí los temas que desarrolló: amor, arte, duda, egolatría, envidia, estilo, franqueza, historia, igualdad, interés, lengua, maestros, opinión pública, originalidad, palabra, respeto, religión, valor, v ida.
Si Luis H. Debayle era leonés, el cuarto pensador aquí elegido nació en Managua: Edmundo Solórzano Díaz (1898-1972). Quinto hijo del matrimonio de José Solórzano Díaz y Helena Díaz Recinos, hermana del presidente Adolfo Díaz, fue Cónsul de Nicaragua en San Francisco, California. Solórzano Díaz concretó su búsqueda del “perfeccionamiento ascendente” en Anamorfosis /Tratados filosóficos (México, Ediciones Oriente, 1943). Preocupado por el bien y el mal, el conocimiento y la ignorancia, la fe y la caridad, el amor y la fortuna, la memoria y la muerte, desarrolló una Teoría de los principios y El crimen de Dios como pensador de formación y proyección esotéricas. Sus hermanos masones lo reconocieron otorgándole el grado 33. En Anamorfosis parte de unos “aforismos preliminares”, veinte de los cuales reproducimos. Antes, sin embargo, vale la pena consignar su creencia en los tres licores que “divinizan” al hombre: el vino, la mujer y el arte.
El cuarto pensador es el boaqueño J. Alejandro Alonso Ibarra. Nacido en 1906, fue modelo de intelectual artesano y autodidacta. Humilde y a veces ingenuo, el pensamiento de este carpintero y luego fotógrafo versó sobre la sociedad, la justicia y las relaciones humanas en el contexto político de los años ochenta. De alguna manera, esa experiencia lo estimuló a escribir sin ser panfletario ni vanidoso. Por eso confesó: “He sido tonto y vano. He creído conocer cosas y saber leyes; pero en todo lo que hay en mi interior, es poco lo que conozco. Sé menos de lo que debería saber de mí mismo”.
Y el quinto pensador no podía ser otro que nuestro primer filósofo: Alejandro Serrano Caldera (Masaya, 1938). De su último libro, Meditaciones: Máximas /mínimas (2ª ed., Managua, Anamá ediciones, 2003), escogimos veinte representativas de sus temas recurrentes: el tiempo y los sueños, la palabra y el arte, la felicidad y el miedo, la filosofía y la política, postmodernidad y globalización, juventud y universidad, entre otros. Acerca de la última, apuntó sus metas u objetivos: “La búsqueda del balance y la integración de las ciencias y las humanidades, de la excelencia académica, el desarrollo del post-grado, el fortalecimiento del binomio investigación-docencia (…) Junto a ellos, la eficiencia administrativa y la flexibilidad curricular…” Algo así como el modelo de lo que debería ser la universidad.
El autor es académico de la Lengua, historiador y escritor.

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