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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 27 DE NOVIEMBRE DE 2004
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Que hable el ensayo

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.El ensayo es una expresión que no envejece y que, quizás por lo mismo, propicia en el lector la ilusión de que el ensayista está conversando con él mientras él, con su libro en las manos, lo lee y se deja mecer con su voz, con su conversación. A propósito del tema, la escritora mexicana Bárbara Jacobs nos relata su experiencia con el género, en su texto: Ensayo-conferencia sobre el ensayo

Bárbara jacobs y Augusto Monterroso.

 

Bárbara Jacobs

En vista de que no imagino una conferencia sobre el ensayo sino como un ensayo en sí, es natural advertir que no soy una conferencista formal. Mi afición de lectora tiende al ensayo personal, y en mi experiencia de ensayista no he pretendido transmitir conocimiento ninguno, sino solamente despertar el gozo de leer ensayos. Una de las particularidades de este género literario consiste en que, apenas recoge lo que quiere de la vida o de los libros, exige un punto final. Estos ensayos no se alargan si no es necesario que lo hagan. Viajan ligero, sin sobrantes, por más que lo que lleven consigo no siempre sea lo que se considera fundamental. Si mi ensayo-conferencia sobre el ensayo resulta, aparte de informal, de una extensión, por corta, más bien anómala para la ocasión, no será porque esté trunco, pues un ensayo de éstos nunca lo está. No poseo definiciones terminantes de lo que dichos ensayos puedan ser, ni otra intención que la de comunicarme a través de ellos, porque son la forma que a mí me enlaza directamente con el intelecto, el espíritu y la emoción del lector. Por lo menos la prefiero cuando soy yo quien toma la palabra, es decir, cuando lo que escribo es un ensayo personal.

En un ensayo personal, puedo recoger mis sueños, retratos de gente que he conocido, viajes que he hecho, propuestas de juegos o los juegos en los que de tarde en tarde me entretengo; en ellos registro tomas de posición, hago comentarios, deslizo lamentos. Alguna vez, registré la visita de un poeta viajero que, mientras yo buscaba las cuentas que armaban el collar que me regaló y que, al intentar atármelo alrededor del cuello se había reventado, levantaba la copa en memoria de un amigo común. Es que todo asunto encuentra un cause inmejorable en un ensayo, si no por otro motivo, porque en su calidad de lo que es, no tiene otra finalidad ni pretensión que seguir siendo eso, un texto de enlace, una manera de acompañar y de acompañarse.

En ellos he consignado la vida de artistas atormentados; he hecho pasar un cuento por ensayo; he incluido poemas, cartas, lecciones entresacadas de cuadernos de notas de la universidad como si todo fuera ensayo, y tal vez porque lo es. En el ensayo, he abordado bosquejos de autobiografía; he aventurado teorías, descabelladas, pero que me han entretenido enormemente.

Hay temas que me llegan a despertar a media noche porque en su momento me movieron y después yo no les di cabida en ningún ensayo. Pienso, por ejemplo, en lo que suscitó en mí enterarme de cuáles eran algunas de las materias que estudia el bibliotecólogo, entre otras, los Principios básicos de la organización de material, o la Catalogación descriptiva y los Sistemas de clasificación, asuntos que dan para salivar al entusiasta o enfermo del orden, y para hacer reír al fanático o enfermo del desorden. ¿Cuál sería la reacción del desordenado que se enterara de que, al elaborador de un tesaurus, se le equipa con lo necesario para que aprenda a manejar nada menos que las Palabras clave? Quien domina esto se convierte en un archivista capacitado. Y yo, ¿voy a dejar pasar la oportunidad de depositar en un ensayo los componentes que hacen al perfecto archivista?

El destino ideal de ciertos hechos sigue siendo el de su transformación en un ensayo. Me refiero a la Asociación Nacional de Cerrajeros, y al asombro que me ocasionó enterarme de que sus miembros son dueños de una ética y llevan a cabo seminarios en los que la actualizan. Leí la convocatoria a un curso de capacitación para estos artesanos en el que se pretendía dignificar la profesión de cerrajería en México, oficio, según sostenía el presidente de la sociedad, que implica “honradez, seriedad y responsabilidad”. Es que ser indiferentes a éstos y ejemplos similares produce una angustia más que capaz de quitarle el sueño a todo ensayista que se respete y aún al que no se respete.

A él, no le faltan los temas; si acaso, de lo que puede verse desprovisto es de la decisión de captarlos en su calidad de materia prima, contrario a lo que puede temer, de que únicamente lo es aquello que ostenta el calificativo de trascendente. Un ensayo bien puede tener de tema, según sabemos, el palo de una escoba, y su desarrollo no rebasar el espacio de una página, cosa que demostró Jonathan Swift, a quien seguimos leyendo tres siglos después de su muerte.

Pero si he de hablar de pasada de libros míos en los que recojo ensayos, diré que, salvo uno de ellos, Escrito en el tiempo, que por sus características intrínsecas, fue escrito en un año justo, los otros han sido elaborados a lo largo de los años y, de igual modo, unos más, otros menos, todos tienen algo que ver con las publicaciones periódicas. El más reciente de ellos, Atormentados, de manera muy especial. Los ensayos que lo componen nacieron, debo decir, como colaboraciones del diario La Jornada. Todo ensayo se concibe como una unidad, y el hecho de que reunirlos en un volumen otorgue otra dimensión a esa unidad, no la rompe.

Para dar sentido a la reunión de ensayos en otro de mis libros, Juego limpio, al final de cada uno añadí su historia personal a la manera de breves apostillas. Al situarlos según lo hice, procuré contar la vida tras bambalinas del ensayista, las insignificantes o, a lo sumo, medianamente significativas peripecias por las que atraviesan él y lo que él escribe, incidentes como el de que un ensayo trabajosamente aceptado en una publicación apareciera en otra; o que un trabajo solicitado, apenas se entregara fuera caprichosamente rechazado; como puede verse, casi anécdotas sin importancia pero que, innegablemente, pintan el quehacer del ensayista y merecen un lugar en el tratamiento del ensayo.

La extensión predeterminada del ensayo que va a dar a un periódico no es, para nada, un impedimento para la libertad de expresión; y la falta de predeterminación de la extensión tampoco da mayor libertad a nadie para expresarse. Esta libertad la da el género mismo de ensayo personal, y es variada.

Mi experiencia de colaboradora quincenal ininterrumpida de las páginas de cultura de La Jornada cumplió nueve años hace unos meses y me ha reportado un par de beneficios que viene al caso mencionar. Me ha permitido expresarme a través del ensayo, y esto me ha vinculado firmemente con el exterior. A pesar de que supongo que todo el que escribe busca vincularse con sus semejantes, y de que, cuando yo empecé mis colaboraciones, no era ningún autor inédito, puedo sostener que para mí no fue sino cuando me convertí en colaboradora fija de un diario que experimenté haber establecido el vínculo que necesitaba y del que ahora hablo.

Ignoro a qué pueda deberse esto, pero no descarto que la disciplina que se requiere para cumplirlo sea uno de los factores determinantes, pues se traduce en una presencia persistente y esto enlaza por el peso de su propia definición. Otro podría ser la conciencia de que, al emprender cada comunicación, tengo presente la variedad de lectores que pueden toparse con ella y leerla. Mi propósito es que todos los que la vean la lean, y esto me obliga a escribirla de modo tal que pueda ser comprendida por todos. Hago énfasis en que en el nombre “todos” quiero destacar la variabilidad más que la cantidad de posibles lectores. Lo que quiero decir, debe ser claro; y el lenguaje y la expresión que ponga en juego al escribirlo, deberán regirse de igual modo por la claridad. Este es un valor esencial en el ensayo. El tema, por otra parte, no lo es tanto. No importa cuál pueda ser con tal de que el ensayista lo comunique con claridad, y le dé un tratamiento tal que consiga hacerlo atractivo, interesante, con gracia.

Con frecuencia me propongo más despertar la curiosidad del lector aunque lo inquiete, que gratificar el anhelo de conocimiento que pudiera tener. Busco entretenerlo y divertirlo; pero, en mayor medida, simplemente proporcionarle placer. La naturaleza del ensayo personal es más bien ésta, la de comentar cualquier asunto de la manera más agradable posible. Un ensayista no se propone definir nada, ni agotar las posibilidades de nada. Un ensayista solamente busca seguir la conversación; no quiere darla por terminada nunca.

¿Qué más me gustaría decir del ensayo, de su relación con el periodismo? Que grandes ensayistas dieron a conocer sus ensayos en publicaciones periódicas; repetir que la disciplina que estos medios exigen parece una fuerza opositora a la libertad de expresión cuando en realidad no lo es; que tampoco lo es la limitación del espacio asignado. Estos ceñidores, cintos, apretadores o corsés, lo son sólo en apariencia, pues lo que en verdad hacen no es sino forzar al ensayista a conocer mejor su lengua y a dominar los recursos que ella le ofrece, que son, por supuesto, inagotables.

Para un ensayista, como para un cerrajero, no hay censura o cerradura que, por principio, no sea violable. De las herramientas a su disposición, la del ingenio no es de despreciarse. ¿De qué manera se hace uno de ella y aprende a manejarla cada vez más diestra, más artísticamente?

La respuesta es fácil: leyendo constantemente a los grandes ensayistas. Siempre han existido, y existen en todas partes. En la antigüedad se llamaban filósofos; hoy en día, se esconden dentro de buena parte de los novelistas. Al lector de hoy lo asusta menos la palabra novela que el término ensayo, de ahí que, si en una novela se encuentra con un ensayo, ya sea en forma de comentario, o de reflexión casual, o de divagación prescindible, será más probable que lo lea y que hasta lo disfrute que si, contra su voluntad, tuviera que leer el mismo texto, pero en forma explícita de ensayo, pues entonces para él es un tormento leerlo. Nadie sabe bien qué es un ensayo, ni por qué se llama como se llama, o de qué cosa es de lo que es apenas un ensayo; a qué tiende; qué es lo que llegará a ser una vez que deje de ensayar que es lo que es.

Sea lo que sea que es o que fuera, el ensayo me ha acomodado desde que empecé a escribir, por más que, sin saber por qué, ni cómo, ni cuándo, lo he ido alternando con la narrativa. A la distancia, he comprobado que ninguno de los dos géneros estorba al otro, así como tampoco le abre camino o le facilita desenvolverse. Cada género es únicamente dueño de sí mismo, y esta confianza y hasta autoestima en su propio valor lo hace ser generoso y hospitalario; cada uno admite visitas del otro y, a su vez, visita al otro. El intercambio, la correspondencia, no le quita nada a ninguno y, en cambio, enriquece a cada uno de los dos.

No voy a repetir las características del ensayo que han ido acumulando los grandes ensayistas, y tal vez no aporte nada al acervo sostener que, si cuanto un escritor escribe es un colegio en potencia del cual él es el primer alumno, el más ignorante y, por lo tanto, el más deseoso y necesitado de aprender, el ensayo tiene mucho que ofrecerle. En todo caso, es cuanto puedo decir al respecto, salvo quizás repetir que el ensayo acompaña, ya sea escribirlo o leerlo.  
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