Celio se fue por su vendaval sin rumbo
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Celio González, cantante mexicano. |
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Juan VelÁsquez Molieri (Poeta nicaragüense)
Las noticias, el cable, el incesante murmullo de las olas del Caribe han extendido por todo el mundo la noticia de la muerte en México de Celio González a sus ochenta años de edad. Por cierto, una increíble edad para morir. Ochenta años a cuestas de éste enclenque anacobero cuya voz de terciopelo aceleró las pasiones de tantos corazones.
Nadie en la farándula hispanoamericana dirá jamás la última palabra en cuanto a cuál de todos los cantantes de aquella remota época fue el mejor. Nadie. Para unos, Leo Marini el “caribe soy de la tierra del amor, donde las palmeras se mecen al soplo del mar”, encontrado cadáver en un maloliente apartamento de Buenos Aires.
Para otros, el jibarito Daniel Santos, único capaz de unir en el trémolo final como lo hace en Virgen de medianoche. Para otros, Vicentico Valdés, o Alberto Beltrán, o el bigote que cantaba de Bienvenido Granda, o el mulato Rolando La Serie, porque lo cierto es que todos fueron maravillosos.
Pero Celio González era más especial. Santos, por ejemplo, tenía una voz metálica monótona pero bella, y cuando cantaba era serio, casi inanimado, —al menos así lo vi en el casino de los Gitties en Managua— Marini, el caribe soy de la tierra del amor, era melodioso e intenso; el bigote de Bienvenido uniforme en la tonalidad pero con una voz estupenda y así yo podría seguir. Todos tenían un rasgo común: la americanidad y el Caribe que llevaban en su alma porque de los que cantan boleros nadie lo hace como los del Caribe.
Y ahí estaba Celio. Muy poco se sabía que padeció de polio en su infancia y que le afectó los pies y las manos. Pero a pesar de eso, González tenía un son especial cuando cantaba. Se movía sobre sus pies sosteniendo un baile y el ritmo lo combinaba con el dolor de su alma por la Cuba perdida en la perla del mar.
Empezó desde muy joven a cantar. Uno de sus primeros éxitos fue Encantado de la vida, de Justo Barreto, mucho antes de que la grabara Beny Moré, el bárbaro del ritmo en la Cuba de Machado, del bongó constante, en la Cuba de los casinos y del lechón en una Noche Buena que ya volvió después del exilio interior a que la sometió Castro durante años.
Tras la llegada de Castro al poder hace ya casi medio siglo, Celio no abordó ningún yate en la medianoche del 31 de diciembre de 1959 sino que se fue a México. Seguramente porque en 1959 México era la meca de la farándula. Hacia ese gran país se fueron Libertad Lamarque, Lucho Gatica, Carlos Lico, Rocío Dúrcal, Alfredo Sadel, y muchos más, porque en México se hacía más farándula que en Miami. Y no sólo farándula, sino cine. Además, los cantantes cubanos desde hacía tiempo tenían más contacto con México que con Miami.
Más con México que con Miami porque Cuba era más una meca turística de los Estados Unidos hacia Cuba que de Cuba hacia Estados Unidos. A veinte minutos en avión, mafiosos, acaudalados y solitarios bussiness man y cientos de miles de infieles maridos llegaban a La Habana a un fin de semana de placer. Y quizá nunca dijo que más le gustaba vivir en México por el ya perdido apoyo mexicano a la causa de Cuba. Por vivir en México, en Miami no era bien recordado, como la Guillot, que se fue de México a Miami por su justificado anticastrismo.
Las canciones que la voz de Celio González más popularizó fueron: Total, Una docena de besos, Malvado proceder, Vendaval sin rumbo y Amor sin esperanza. Claro que grabó muchas más famosas. La voz de Celio González tiene un sello o un estilo propio; o sea, es muy difícil que un cantante alcance o supere los niveles de popularidad que éstas canciones aún tienen por la voz de Celio González. Quizá nadie podría hacerlo igual.
Si se escuchan, tienen una nostalgia propia, muy diferente a la nostalgia en las canciones de amor francesas o de Estados Unidos. O sea, un bolerazo de amor caribe es distinto a una canción de amor norteamericano, ¿por qué? En la interioridad de las letras de las canciones de Celio González se encuentra más pasión y hay un ritmo musical distinto. Jamás será igual Celio González a Frank Sinatra ni a Dean Martin, ni Perry Como, ni Anthony Bennet; pero ellos jamás serán iguales a Celio González.
“Me duele el corazón no siento el alma/... me matan los recuerdos que dejaste/. Tu retrato está colgado en el cuartito donde yo /noche tras noche me entregué, clama en Amor sin esperanza. Es la miseria de un hombre abandonado por una mujer, de la que guarda un “retrato colgado en el cuartito”. Cuartería, le decimos en Nicaragua; vecindad en México. Cantada así la canción se torna más humana, ¿no conservan fotografías de amores perdidos, colgados en las paredes del tiempo, ocultas en libros? No volvió nunca a Cuba. Cuánta tristeza. Con Un amor sin esperanza, Celio se fue en su vendaval sin rumbo. 
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