¿Cuál será el sello de Rice en la diplomacia?
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Como con Bush y EE.UU. mismos, la visión de la futura secretaria de Estado cambió con el 9/11. ¿Seguirá el unilateralismo o habrá retorno a un enfoque más cooperativo? |
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La semana pasada el presidente George W. Bush, designó a Condoleezza Rice como secretaria de Estado, en sustitución de Colin Powell. Rice es una estrecha colaboradora de Bush y una amiga personal.
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The New York Times
Hace cuatro años, el mundo pensaba que sabía qué clase de política exterior emprendería George W. Bush.
Había llegado a la Oficina Oval hablando de un Estados Unidos más “humilde” que no le dijera a los países cómo debían conducirse dentro de sus propias fronteras. Su asesora de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, era considerada como una realista en vez de una ideóloga; ella expuso un urgente caso en cuanto a que Estados Unidos no podría darse el lujo de dejar maniatadas a sus fuerzas armadas en esfuerzos con miras a crear naciones, ya que eso “degradaría la capacidad estadounidense para hacer las cosas que Estados Unidos tiene que hacer”.
“Nosotros no necesitamos hacer que la 82 División Aerotransportada escolte a los niños al jardín de niños”, declaró en ese entonces, cuando muy pocos estaban pensando en ella como una de las futuras secretarias de Estado.
Muchas cosas han ocurrido desde entonces, nada menos que un ataque terrorista en suelo estadounidense que cambió profundamente la visión que el Presidente tiene del mundo, y la de Rice junto con ella.
Sin embargo, justo de la forma en que se demostró entonces que era imprudente trazar una línea directa entre lo que el Presidente electo estaba diciendo y cómo actuaría, pudiera ser igualmente riesgoso apresurarse a la certeza —como hicieron muchos en Washington la semana pasada— en cuanto a que una segunda administración Bush, sin las ataduras de la cautela de Colin Powell, conducirá a Estados Unidos hacia una serie interminable de confrontaciones con el mundo, empezando con enfoques belicosos para controlar las ambiciones nucleares de Irán y Corea del Norte.
La situación podría resultar de esa manera, ciertamente. Sin embargo, ha pasado bastante tiempo desde que las palabras “Eje del Mal” escaparon de los labios del Presidente. Y durante la campaña electoral, quedó en claro, a partir de las palabras y acciones del Presidente, que los límites del poderío estadounidense habían empezado a ser comprendidos por esta Casa Blanca.
En vez de ser así, los asesores presidenciales han estado hablando de reparar los vínculos y actuar dentro de alianzas cuando puedan; proceso para el cual llegó una prueba anticipada este pasado fin de semana, cuando el Presidente reelecto llegó a Chile para la Reunión Cumbre de líderes de la Cuenca del Pacífico que se celebra anualmente (APEC). Aquí, él iba a tratar de fijar la agenda para los cuatro años siguientes con jefes de Estado como Hu Jintao de China, Vladimir Putin de Rusia, Junichiro Koizumi de Japón y Roh Moo Huyn de Corea del Sur.
De los pronunciamientos presidenciales vertidos antes de la cumbre, ya desapareció el lenguaje “con nosotros o en nuestra contra”, mismo que marcó reuniones previas de esta índole. Y cuando el tema cambió a Irán y Norcorea — países con armas de destrucción masiva con las que Saddam Hussein sólo pudo haber soñado— no hubo ninguna mención sobre los tipos de plazos que él fijó hace dos años para el desarme de Irak.
Algunos integrantes del presente gobierno sospechan que lo anterior es una pose, y destacan que el señor Powell ya estaba hablando la semana pasada de un preocupante esfuerzo (aunque apenas comprendido) por parte de Irán para el desarrollo de pequeñas ojivas nucleares para su flota de misiles. Si Estados Unidos puede persuadir al mundo de que Irán y Corea del Norte representan una amenaza inminente —tarea mucho más difícil después de Irak— los militaristas pudieran salirse con la suya, encabezados por el vicepresidente estadounidense, Dick Cheney.
Sin embargo, esa sigue siendo una opinión minoritaria en la administración. La opinión prevaleciente no se centra en los peligros, sino en las limitadas opciones para hacer cualquier cosa con respecto a ellos.
Ivo H. Daalder, académico del Instituto Brookings que fue el coautor de uno de los primeros libros que examina la revolución en política exterior que el presidente Bush ha creado, destaca que Irán “puede hacernos la vida realmente miserable en Irak” si continúa alimentando la insurgencia allá. Daalder no cree que Bush empiece repentinamente a acoger de buena gana a la Organización de las Naciones Unidas o la Agencia Internacional de Energía Atómica como socios para lidiar con Corea del Norte e Irán; la Casa Blanca bajo Bush ve con desdén a estos dos organismos.
“Más bien, existe la probabilidad de que sencillamente hagamos menos en un segundo mandato, y aprendamos a vivir con nuestros límites”, dijo Daalder, incluso si eso significa tolerar en silencio una capacidad nuclear que el presidente Bush ha dicho que sería inaceptable, sea en Corea del Norte o Irán. Algunos funcionarios del gobierno actual de Estados Unidos discuten esa opinión, diciendo que el vicepresidente Cheney no apoyaría un resultado de esa naturaleza. Ellos esperan que él pugne por cualquier cosa que esté muy cerca de ser una invasión militar: severas contracciones económicas, incluso esfuerzos encubiertos apuntados a producir un cambio de gobierno.
De hecho, la pregunta de mayor importancia y sin respuesta en cuanto al segundo mandato bien pudiera ser qué dinámica de poder surgirá entre Cheney, el secretario de Defensa Donald H. Rumsfeld y Rice.
La oficina del vicepresidente Cheney ya se estaba moviendo la semana pasada para colocar a sus discípulos en puestos de segundo nivel. Rumsfeld, según personas al interior de la Casa Blanca, estaba maniobrando para conservar su empleo como el secretario de Defensa de Estados Unidos por tanto tiempo como fuera posible. Además, las opiniones de Rice como asesora de Seguridad Nacional han sido un tanto inescrutables. En ese puesto, ella pasó de su papel inicial como la tutora de Bush en lo concerniente a los modos del mundo a otro nuevo, como la mujer que trató de interpretar los instintos del presidente Bush posteriores al 11 de septiembre y moldearlos en una nueva estrategia nacional.
Algunas personas cercanas a Condoleezza Rice piensan que ella está siendo enviada al Departamento de Estado para asegurarse que el cuerpo diplomático permita un enfoque estadounidense más vigoroso, en vez de disculparse por él. “La realidad es que ella se puso del lado de Cheney y Rummy con mayor frecuencia que del lado de Powell”, según un amigo que presenció muchos de los debates internos de este gobierno de Estados Unidos. A Rice, ha dicho este amigo, se le ha escuchado expresando “quejas en cuanto a que el Departamento de Estado no está con el programa”.
Sin embargo, ella también ha estado hablando acerca de una misión enfocada a enmendar relaciones afectadas, y de consideración con respecto a las oportunidades que se crearon en Oriente Medio con la muerte de Yaser Arafat. El primer objetivo podría requerir de marcar un tono más flexible con los europeos y los surcoreanos; el segundo de los objetivos pudiera involucrar que se ejerciera presión sobre Ariel Sharon, el Primer Ministro de Israel, de una forma que el presente gobierno de Estados Unidos nunca lo ha hecho. En ambos casos se requeriría de dirigir y controlar a Cheney y Rumsfeld, tarea en la que, creen los detractores de Rice, ella ha fracasado, pese a su cercanía con el Presidente.
La primera prueba pudiera llegar en su selección de un subalterno. El ala de Dick Cheney está pugnando por alguien como John R. Bolton, uno de los acólitos del vicepresidente que dirige la oficina de proliferación (nuclear) del Departamento de Estado.
Una opción muy diferente sería alguien como Arnold Kanter, ex funcionario del Departamento de Estado que actualmente trabaja con Brent Scowcroft, quien fue el primer asesor de Seguridad Nacional del presidente Bush. Scowcroft fue el mentor de Rice hasta que tuvieron diferencias con respecto a la invasión de Irak. La elección de Kanter para que esté al frente de las operaciones cotidianas del Departamento de Estado podría indicar un cambio hacia algo más similar al enfoque del presidente Bush padre hacia el mundo.
Otra prueba definitiva pudiera ser el manejo que Rice le dé a Rusia, el país que ella ha estudiado a lo largo de su vida. Cuando ella llegó a la Casa Blanca, veía al presidente Putin como un atavismo de la KGB de la era de la línea dura de los soviéticos. Su descripción pública de Putin se volvió mucho más caritativa después de que el presidente Bush declarara que él había visto a los ojos del ruso y había distinguido su alma, y después de que Rusia cooperara para permitirles a fuerzas militares de Estados Unidos que operaran en contra del régimen talibán desde lo que solía ser territorio soviético. Actualmente, ella da la impresión de estar regresando de nuevo a su opinión original, particularmente luego de haber leído (en el ruso original) el discurso de línea dura de Putin tras el ataque terrorista sobre una escuela rusa, suceso que él está utilizando para tratar de consolidar más poder en el Kremlin.
De hecho, Rice ha sido conocida por defender la propia determinación de su jefe hacia misiones idealistas y asertivas de Estados Unidos; no hace mucho, ella le dijo a colegas franceses que sin una buena dosis de idealismo estadounidense, Estados Unidos pudiera no haber trabajado tan duro para liberar Normandía. El interrogante ahora consiste en saber qué sucede cuando ese tipo de idealismo se topa con las realidades de administrar el mundo, en un momento cuando el experimento más reciente de Estados Unidos con el uso de la fuerza para transformar a una nación — en Irak— sigue estando muy lejos del resultado que el gobierno de Bush imaginó hace dos años.
¿EL "TOPE DEL MILITARISMO"?
En otras palabras, Irak ha dificultado que esta Casa Blanca sea militarista, no porque los deseos de actuar hayan cambiado, sino debido a que ésta ha maniatado a las tropas estadounidenses de combate y magnificado la necesidad de hacer malabares con escasos recursos castrenses.
Con aproximadamente 130,000 efectivos militares destacados en Irak por un tiempo —y cientos de miles más abasteciéndolos, entrenando para reemplazarlos, o meramente terminando su deber allá— Bush y Rice carecen de la flexibilidad que tenían hace cuatro años para lidiar con crisis por todo el mundo. Lo que es más, el Presidente ahora ya se comprometió con algunos de los mayores esfuerzos enfocados a la creación de naciones desde el Plan Marshall, desde Irak hasta Afganistán y quizá, si su visión se materializa, en otras partes de Oriente Medio.
El resultado es que “pudiéramos haber llegado al tope del militarismo por un tiempo”, según Daniel Benjamin, quien sirvió en el Consejo de Seguridad Nacional bajo el Presidente anterior, Bill Clinton, y estuvo profundamente involucrado en los primeros esfuerzos infructuosos apuntados a restringir a la red Al Qaeda, en el decenio de los noventa. Se presentarán “muchas oportunidades para transmitir un aire militarista” en lo tocante a Norcorea e Irán, dijo Benjamin, pero Bush ha limitado las opciones en ambos sitios. Si bien él sigue fundamentalmente enemistado con Roh, quien busca un enfoque más conciliador que les permitiría a más países estar involucrados en la negociación con Norcorea, planeadores del Pentágono reconocen que Estados Unidos tiene buenas razones para evitar cualquier estallido con Norcorea. Eso casi seguramente requeriría de un reforzamiento de la presencia estadounidense en Asia, incluso al tiempo que está siendo reducida a impulsar el esfuerzo con miras a la pacificación de Irak.
MÁS IDEOLÓGICA
“El lugar donde realmente se percibe el cambio del realismo a la ideología está en la forma en que ella habla con respecto a convertir Oriente Medio en democracias”, según palabras de uno de sus amigos de hace mucho tiempo. “La Condi que llegó a Washington habría arqueado una ceja y dicho, ‘Buena Suerte’. Hoy día, ella suena mucho más idealista, incluso ideológica, de lo que nosotros hayamos escuchado anteriormente”.
Algunas personas cercanas a Condoleezza Rice piensan que ella está siendo enviada al Departamento de Estado para asegurarse que el cuerpo diplomático permita un enfoque estadounidense más vigoroso, en vez de disculparse por él. “La realidad es que ella se puso del lado de Cheney y Rummy con mayor frecuencia que del lado de Powell”, según un amigo.

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