DOMINGO 28 DE NOVIEMBRE DEL 2004 / EDICION No. 23647 / ACTUALIZADA 1:57 am





EL HUMOR DE



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La viuda, el cadáver y el vecindario

Salvador Stadthagen*

Había sido un matrimonio muy feliz. Se habían conocido en momentos difíciles y él le había llegado al corazón con su encanto y generosidad. Al morir, la viuda lo lloró mucho. Lo había querido tanto, tanto, que la idea de su ausencia se le hacía insoportable. Con la razón nublada por el llanto se resistió a que fuera sepultado. Fijó sus esperanzas en la resurrección. El párroco del pueblo alimentó sus sueños con la parábola de Lázaro. Después de embalsamar el cadáver, la viuda lo colocó a su lado en la cama. Tenía que tenerlo cerca. Lo consultaba en oráculo antes de tomar cada una de sus decisiones. Pero los días pasaban y el cadáver empezó a descomponerse. Al principio la viuda se resistió a sentir el olor, cruel olor. “¿Por qué, cariño, si estás vivo?”. Las fuerzas de la naturaleza, sin embargo, seguían su paso y el olor empeoraba aceleradamente. La viuda, queriendo tapar el sol con un dedo. Sus recuerdos, más fuertes que el olfato. Bañada en sus mejores perfumes franceses, regalos generosos del marido ahora muerto, pasaba noches y noches platicando con el cadáver.

Pronto el hedor empezó a filtrarse por debajo de la puerta. Los primeros en sentirlos fueron los vecinos de al lado, pero los efluvios a veces bañaban toda la cuadra. Un vecino inescrupuloso vio una excelente oportunidad comercial para quedarse con la casa a precio de guate mojado. Se acercó a la viuda y le regaló nuevos perfumes. Pensó: “Si continúa guardando el cadáver en la casa, la van a declarar loca, la van a terminar desalojando. En ese impasse ofreceré comprarla barata”.

Cuando el olor ya era francamente insoportable, los vecinos, que al principio comprendían el dolor de la viuda, empezaron a quejarse. Los comerciantes ambulantes que antes llegaban a la cuadra ahora pasaban de largo. Los viejos amigos se rehusaban a visitarlos. Poco a poco la cuadra se estaba quedando aislada. Los vecinos amenazaron entonces a la viuda con llamar a las autoridades si no remediaba la situación. Con la ayuda del vecino inescrupuloso, ella respondió bañando al féretro y a sí misma con más y más perfume. Se hacía a la ilusión que el tiempo borraría el olor y se hizo también más devota que nunca. Prácticamente vivía en la iglesia, rezando por el milagro y siendo confortada por el párroco.

La compasión de los vecinos se agotó cuando las sábanas, la cama, toda la casa, empezaron a llenarse de gusanos. Llamaron a las autoridades. Por consideración, el alcalde del pueblo fue personalmente ante la viuda, a rogarle que enterrara al cadáver, pero ella pidió tiempo para la despedida final y multiplicó sus plegarias por el milagro hasta que los gusanos empezaron a salir por debajo de la puerta. La separación tendría que producirse por la fuerza.

Finalmente llegó la orden de desalojo y las autoridades sanitarias se llevaron lo que quedaba del cadáver, el que fue enterrado sin mayor pompa y ceremonia. Los buenos recuerdos en algún momento asociados a la pareja hacía rato habían desaparecido. De la viuda se decía que había terminado dedicándose a la prostitución durante el día y durmiendo por las noches al lado de la tumba del marido, sin perder todavía la esperanza de su resurrección. Lo único seguro, sin embargo, era que había perdido la casa, permitiendo con su necedad que el vecino inescrupuloso hiciera el negocio de su vida. Éste, cínicamente, no se cansaba de afirmar que en el fondo todo había sido una gran historia de amor. Pero la mayor moraleja: que es predecible resultado de quienes tratan ir contra las inexorables leyes de la naturaleza.

* El autor es Embajador de Nicaragua en Estados Unidos
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