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El fracaso del marxismo
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En la segunda encíclica (Spe Salvi: Salvados por la esperanza) del Papa Benedicto XVI, la cual fue dada a conocer el viernes de la semana pasada, se hace una fuerte crítica al marxismo. “El error fundamental de Marx, dice, fue que indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación, pero no nos dijo cómo se debería proceder después”. Y agrega que este error fundamental del marxismo se debe a que olvidó que el hombre es siempre hombre.

Es muy oportuna esta iluminación de Benedicto XVI cuando hay en el mundo una profunda crisis de espiritualidad, entre otros grandes males culturales, políticos y socioeconómicos de la humanidad. Y es oportuna particularmente para Nicaragua, donde otra vez se quiere imponer el esquema totalitario marxista con una nueva envoltura.

En el siglo pasado el marxismo inspiró revoluciones sociales que supuestamente llevarían la felicidad a los más pobres y vulnerables. Sin embargo, los hechos mostraron con brutal realismo que en vez de realizar el prometido paraíso terrenal produjeron verdaderos infiernos. Los regímenes socialistas de corte marxista mostraron un crueldad inaudita con sus propios pueblos, a los cuales asesinaron y persiguieron sin misericordia.

Arthur Koestler (1905-1983), un ex comunista húngaro que se nacionalizó británico después de que renegó de su antigua creencia y militancia, y se convirtió en un demócrata detractor del marxismo, escribió que: “En ningún siglo y en ningún país se ha matado a tantos revolucionarios o se les ha convertido en esclavos como en la Rusia soviética”.

En América Latina la dictadura marxista más cruel y duradera ha sido la de Fidel Castro, la cual hasta el día de hoy sigue cobrando víctimas. Cuba no es, ni mucho menos, el paraíso que describen los propagandistas del régimen. Los pocos “logros” del socialismo marxista en Cuba se han construido sobre la abolición de la libertad individual y la destrucción de la democracia, la vida de muchos inocentes, la violación de los derechos humanos y el exilio de cuatro millones de cubanos. Por eso, quienes pueden huyen del “paraíso” castrista y se lanzan al mar.

Por el testimonio de familiares de presos políticos se sabe que las cárceles cubanas son centros de tortura física y sicológica. Un cubano que habita en la isla declaró a un medio de comunicación extranjero: “El preso cubano es alimentado a base de sancochos hechos con vísceras molidas de animales insospechados, sopas incoloras e insípidas, harina de maíz o pastas de sémola de la peor calidad. Muchos reclusos de la penitenciaría de Guanajay padecen cuadros de desnutrición severa y algunos son víctimas de enfermedades que atacan directamente el sistema inmunológico, como neumonía y tuberculosis. Así nos subalimentan quienes se proclaman ejemplo en la defensa de los derechos de sus ciudadanos y que no hacen otra cosa que escudarse tras falsos conceptos de justicia y dignidad”.

La desilusión que produjo la constatación de los mismos abusos y violaciones a los derechos humanos, en todos los países socialistas marxistas, hizo que muchos antiguos partidarios se convirtieran en disidentes y se ubicaran de inmediato en la mira de los aparatos represivos. Sin embargo, el terror y la opresión sólo tienen efectos temporales. Siempre hay rebeldes cuya inteligencia les impide abandonarse ciegamente a una ideología inhumana. Y aunque por algún tiempo permanezcan pasivos e irresolutos, como dijo Arthur Koestler, tarde o temprano “la cuerda de la conciencia se rompe” y los individuos rechazan la ortodoxia, la intolerancia, la uniformidad de pensamiento, incluso aquellos a quienes el régimen les ofrece una jaula de oro a cambio de su complicidad.

El socialismo marxista ha fracasado dondequiera que se ha impuesto. Los nicaragüenses sufrimos su versión criolla en los ochenta. Y el “nuevo” socialismo que impulsa ahora Daniel Ortega es todavía más inverosímil, pues su interés es claramente personal. Sin libertad, institucionalidad democrática y respeto a la ley, todo proyecto político-ideológico va contra la persona humana y fracasa de modo inevitable.

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