En una de las tantas reuniones con el equipo de Domingo, propuse contar la experiencia que viven esas personas que por razones económicas o por deporte, se movilizan de un lugar a otro en bicicleta.
Para no morir en el intento, le pedí apoyo a Shannon O’Reilly, el presidente de la Federación de Ciclismo, quien se dispuso a acompañarme en un “paseo” alrededor de Managua, en un miércoles bien soleado.
La primera parte de la ruta que al final se hizo de 18 kilómetros, contemplaba partir de la tienda Rally Usa, en el punto conocido como Rubenia, continuaríamos hacia el oeste hasta llegar a los semáforos de Altamira y pasaríamos por la rotonda Santo Domingo, hasta llegar al Centro Cívico. Según como nos sintiéramos, decidiríamos regresar o no al punto de partida.
Sin prisas, iniciamos a pedalear a las diez de la mañana por una de las calles más transitadas de Managua. Al poco tiempo descubrí lo molesto que resulta el desnivel de las calles adoquinadas de la capital. Los golpes de las llantas contra los adoquines, suben desde los pies y llegan hasta el cuello.
Además, como las vías no tienen espacios para ciclistas, uno se tiene que abrir paso entre los vehículos que circulan y, a la fuerza, mantener al menos un metro de distancia ente el andén y la bici, “para tener chance de esquivar a un carro en caso de algún accidente”, me aconsejó Shannon.
Según este ciclista experimentado, los que más utilizan este medio de transporte son las personas que trabajan en servicios de vigilancia y calcula que a diario circulan 300 ciclistas en Managua. Todos ellos deben enfrentar la agresividad de los buses y taxis que en su mayoría se dan a la tarea de acelerar para aventajar a los ciclistas o seguirles pitando con insistencia hasta sacarlos de la vía.
Con la experiencia que tuve, creo que incluso algunos conductores lo hacen por molestar, como aquel taxi verde que me aventajó sólo para detenerse justo frente a mí, obligándome a invadir el carril de la izquierda porque, de lo contrario, me hubiese estrellado en su cajuela. Menos mal que no venía otro vehículo, si no, la historia sería otra.
Exagerando un poquito, creo que contaría con los dedos los conductores que no perdieron el tiempo diciendo estupideces o pitando sin razón para llamar la atención de la chavala que iba en la bici, en pleno sol, siguiendo a un “chele”.
Según Shannon, “hay varias cosas que les llama la atención. Una de ellas son los cascos. Vamos juntos, no es lo mismo que vaya uno solo y además, no es normal ver a una mujer”, me comentó con su acento de gringo hablando español.
Por fin, llegamos a los semáforos de Altamira. No sé cuánto tiempo había pasado porque dejé todo lo de valor para evitar un robo. ¡Bendito pavimento! Aaaaah… qué alivio. La pista que va hacia la rotonda de Santo Domingo fue de lo más fácil. Calle relativamente sin baches, ¡lisa!, y cuesta abajo.
Pero la tranquilidad terminó cuando llegamos a la primera rotonda que teníamos en nuestro plan. Como no hay ciclovía por ningún lado, los ciclistas tienen que competir para obtener un lugar respetable entre los carriles que dan a una rotonda y luego, esperar el tiempo para pedalear lo suficiente y evitar que un conductor desesperado intente aventajar con violencia.
Con paciencia, hay que esperar el momento, avanzar y ver de reojo hacia atrás. Si algún carro se cerca, con toda la calma hay que extender la mano para hacerle de seña que nos deje pasar.
A pesar que tenía años de no andar en bici y que no pasamos por la pista más difícil, Carretera Norte, la gira que duró una hora con 25 minutos, fue muy provechosa. Para mi sorpresa, a diferencia de los taxistas y los motorizados, los más corteses en la vía fueron buses. Fuimos y regresamos enteros, incluyendo las bicis, ya que hay lugares donde se puede escapar de un accidente, pero no de un robo.