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28.10.07
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Noticias >> Religión y Fe
El fariseo y el publicano
Neguib Kalil Eslaquit
Sacerdote Católico.
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En el Evangelio de San Lucas, en el capítulo 18, se nos enseña que la oración debe ser persistente, con el ejemplo de la viuda perseverante (Lucas 18, 1-8), pero también de forma sorprendente, Jesús, nos expresa que sumada a la constancia, es primordial para la relación con Dios, la actitud y la manera del que ora.

En la parábola de este domingo (Lucas 18, 9-14), conocida como El fariseo y el publicano, observamos, dos actitudes, dos maneras de orar y la respuesta de Dios.

Dos personas entran al templo a rezar. El primero, un fariseo (pertenecía a una secta religiosa que se distinguía por su puntual cumplimiento de las ordenanzas y las costumbres —aunque Jesús fue muy mordaz con ellos, llamándolos hipócritas, sepulcros blanqueado— y se habían olvidado de lo imprescindible, que es la misericordia). El otro, un publicano (rechazado, porque servía al poder romano que oprimía al pueblo y además eran, en su mayoría, ladrones).

Podemos resumir los polos de la oración de estos dos hombres.

El fariseo: en uno de los extremos de su oración, está su vanagloria (enumera sus cualidades: ayuna, paga diezmos) y en el otro, el desprecio al hermano (no soy como los otros).

El publicano: en uno de los extremos de su oración, está su humildad (arrepentimiento) y en el otro, la confianza en la misericordia de Dios (que es capaz de transfigurarnos).

La respuesta de Jesús, sobre quién sale justificado ante la presencia de Dios, es clara: es aquel que no tiene su corazón soberbio, es aquel que no cree que ostenta la verdad absoluta, es aquel que no manifiesta prejuicios, es aquel que no piensa que son sus acciones “buenas” las que lo redimen, es aquel que no utiliza la religión para servirse de ella. Sale justificado el que se reconoce criatura, frágil, pero decidido a un cambio personal, a una conversión con la ayuda de la bondad divina.

Cada uno de nosotros, los que nos llamamos cristianos, y queremos o tratamos ser discípulos de Jesús, estamos llamados, para poder descubrir con los ojos de la fe, que la Palabra de Dios, que fue escrita en períodos diversos, con géneros literarios de las épocas respectivas en que se fue realizando su revelación progresiva hasta manifestarse de manera plena en Jesús, debe ser vivida haciéndole una exégesis (interpretación adecuada del texto en su contexto) y luego una hermenéutica (trasladándola al aquí y al ahora).

¿Seremos capaces de dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para redescubrir que la historia de salvación, es el mostrarnos Dios su amor, para la construcción de una sociedad igualitaria? Utopía que se vivió en todos los siglos pasados, pero que debemos seguirla construyendo. Solamente de esa forma, nuestra fe cristiana, puede ayudarnos a continuar en la tarea de luchar por la justicia, la paz, la eliminación de estructuras injustas y sobre todo no manosear la Divina Palabra para intereses egoístas. Lo contrario, no es cristianismo, sino una caricatura para disfrazar mezquinos intereses o ansias de poder que es la más fuerte de las tentaciones.

Adorado Señor, a quien nuestro bendito Jesús, nos enseñó a decirte Abbá, Padre Nuestro, que con la ayuda del Espíritu Santo, sea bendecida nuestra vida, y por medio de ella, podamos ser instrumentos de tu presencia misericordiosa. Con Justicia y Alabanza. Honra y honor a la Trinidad, por los siglos de los siglos.

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