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Aprendamos de Irlanda
Rosa María Vivas Moncada
La autora es Licenciada en Psicología con Postgrado en Gerencia de Mercadeo
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En octubre del año pasado asistí al II encuentro de graduados y estudiantes de la Maestría Administración y Dirección de Empresas MADE-UCA, en el cual el doctor Jorge Smeke Zwaiman, director del Programa de Maestrías en Administración de Empresas de la Universidad Iberoamericana de México pronunció su conferencia Competencia mundial y ventaja competitiva. En ella abordó la organización ciudadana desde un enfoque muy diferente con relación al que se pretende imponer en nuestro país por medio de los CPC.

Recuerdo en particular que dijo: “…En la universidad estudiamos la pobreza pero ya estamos aburridos de estudiar la pobreza porque para serlo ya todos lo sabemos; y queremos dejar de serlo, entonces deberíamos estudiar la riqueza porque es lo que queremos ser”.

Entonces ¿cómo se estudia la riqueza? El primer paso sería identificar cuáles son los países considerados modelos de riqueza, lo que no implicaría mayor desafío que la investigación, el análisis y la comprensión de las acciones que han llevado al éxito a las grandes potencias mundiales, gigantes de la economía y el éxito financiero, por lo menos de una gran mayoría de sus ciudadanos, tales como Japón, Norteamérica, China y desde hace más de 10 años una nueva potencia de la economía, el gigante celta que es Irlanda.

No es preciso imitar todas y cada una de sus acciones ni dejar a un lado nuestra propia identidad nacional y cultural, lo importante es tomar decisiones correctas en función de sus aciertos y desaciertos. Irlanda en la década de los noventa tenía un ingreso per cápita (PIB) que apenas llegaba a los US$5,000.00 aproximadamente; encasillando a la nación ante los ojos del mundo como exportadora de inmigrantes, reflejo obvio de una economía recesiva. Un concepto internacional no muy alentador para los irlandeses, quienes reaccionaron ante la crisis tomando la decisión de sentarse en una mesa y discutir de la mano con la sensatez y el respeto —y no la descalificación, los rencores desfasados y complejos que caracterizan la relación de muchos grupos nicaragüenses entre sí— todos los sectores de la sociedad irlandesa para determinar cuáles iban a ser las estrategias económicas que más le convenían a Irlanda, las acciones que deberían ejecutarse para abolir la recesión atendiendo los sistemas más importantes como la salud, educación, seguridad y además, incentivando la inversión extranjera, financiando el capital de trabajo en riesgo y con tasa fija de impuestos —uno de los más bajos de los 157 países que cubre el índice de libertad económica—.

Hoy Irlanda goza de una economía pujante con un PIB de alrededor de US$45,000.00; seis veces superior a México, ubicándose entre el quinto y tercer lugar del ranking de las economías de libre mercado en el mundo.

Algunos se preguntarán: ¿qué fue lo que hizo extraordinario ese diálogo para obtener esos resultados?, ¿por qué no ha pasado en Nicaragua que casi todos los días, supuestamente, está dialogando con todos los sectores? La respuesta es muy simple: esos sectores participantes dejaron atrás sus propios intereses de cualquier índole política e histórica para aprender a “escuchar” y “ser escuchado”; desde los empresarios hasta los líderes sindicalistas formaron un órgano ciudadano apartidario, apolítico y definitivamente pro-Irlanda; donde no existiría intereses oscuros ni persecuciones sociales. Las estrategias implementadas no quedarían —como decimos en el buen habla nicaragüense— “a medio palo” sino que serían proyectos de desarrollo que obedecían a un cumplimiento real en tiempo y espacio.

En Nicaragua hemos fallado al mal interpretar las leyes. La verdadera participación ciudadana no debe etiquetarse con nombres ni formarse por afiliación política. La verdadera democracia social sucederá cuando se dejen a un lado las benditas utopías y frases huecas; se ejecuten los proyectos y el Gobierno respete la inversión privada garantizando estabilidad legal y jurídica.

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