Querida Nicaragua: yo creo que no deberían asombrarnos algunos acontecimientos de la actualidad, que son repetición de los hechos del pasado.
Lamentablemente hemos sido por lo general egoístas, hemos querido siempre imponer nuestras ideas y caprichos a como dé lugar. Reconozcámoslo. No somos hermanables ni sosegados. Al menos eso nos dice abundamente nuestra historia.
Si no es por una causa es por otra. La guerra nacional de 1856 tuvo como causa principal la rivalidad entre León y Granada, entre liberales y conservadores, entre los Castellones y los Jereces contra los Chamorros y los Cuadras. Fue así como vinieron los filibusteros llamados por los leoneses liberales y se cogieron el mandado, hablando en buen nicaragüense. Se nos instaló William Walker. Cuando este se hizo Presidente de Nicaragua y nos vimos con el agua al cuello corrimos a pedir auxilio a los países vecinos. Se firmó el pacto providencial y se luchó en forma unida en contra de Walker.
Aparentemente se llegó a un entendimiento entre los partidos. Se nombró presidente a don Tomás Martínez. Pero, don Tomás, como buen nica, quiso reelegirse y se reeligió. Gobernó dos períodos. Y luego, cuando entró al siguiente período don Fernando Guzmán, la mala levadura del nicaragüense volvió a surgir. Martínez y Jerez le hicieron una revolución que tuvo que sofocar el propio don Fernando, venciendo a los dos líderes tradicionales.
Hubo después, quién sabe por qué designios de la historia, treinta años de paz, los llamados treinta años conservadores.
Al entrar el general José Santos Zelaya la cosa cambia, la tortilla se da vuelta en 1893. Aquel hombre revoluciona el país y causa una enorme conmoción. La república avanza, pero Zelaya también se enamora del poder y se queda 16 largos años, hasta que lo bota la famosa nota Knox, cuando los yankees podían botar presidentes con sólo mandar una cañonera al puerto de Corinto.
Pero después de esto tampoco tuvimos sosiego. Vinieron de nuevo los gobiernos conservadores con don Adolfo Díaz, primero y luego con Emiliano Chamorro en 1917. Intervención norteamericana, los conservadores se desquitan de los liberales cometiendo iguales tropelías que ellos. Emiliano también se enamora del poder pero no puede reelegirse y apoya a su tío don Diego Manuel Chamorro para poder mandar desde abajo. Su tío se le muere y le sustituye un indio segoviano mal bozaleado, don Bartolomé Martínez.
Este quiere la unificación de los dos partidos, cosa que no agrada a muchos conservadores. Gana la Presidencia don Carlos José Solórzano, conservador, y como vice don Roberto Sacasa, liberal. Emiliano, que tiene las cañas huecas, da un golpe de estado, el lomazo de 1925.
No hay sosiego. Luego viene la revolución Constitucionalista de Moncada que se levanta contra Emiliano. Los yankees otra vez intervienen cuando Moncada entraba triunfante, firman el Pacto del Espino Negro en Tipitapa y surge Sandino como general rebelde. No hay sosiego en nuestra historia.
Sandino es traicionado y asesinado por Somoza y nos ganamos 45 años de dictadura dinástica. A Somoza lo bota el pueblo con los sandinistas y nos ganamos otra dictadura, ahora de izquierda, por diez años.
Los años de doña Violeta, Arnoldo y Enrique son inquietos porque don Daniel gobierna desde abajo. Y hoy en día don Daniel gobierna desde arriba.
Y seguimos sin sosiego. Lo escuchamos en sus discursos siempre confrontativos. Nuestra historia es convulsa. Vamos a ver si algún día con educación, con mucha educación, aprendemos a convivir con nosotros y con el mundo.