Posiblemente por el parecido que tiene mi nombre, Jaime, con el de mi hermano, Xavier, además por alguna semejanza en el físico y siendo los dos directores de periódico, la gente siempre nos confundía y con frecuencia me saludaban llamándome Xavier, lo cual nunca me agradó mucho. Finalmente, después de tantas incidencias empecé a ser más tolerante y decidí no aclarar la confusión, especialmente cuando se trataba de gente desconocida.
Una vez, en Guatemala, estábamos en una fiesta y un señor Argüello que tenía muchos años de vivir en ese país se acercó a la mesa donde yo estaba y me dijo: “¡Xavier! ¿A que no sabés quién soy?” Yo respondí: “¡Ni vos sabés quién soy! Porque yo soy Jaime”, mientras toda la mesa estallaba en carcajadas.
Hace muy poco, en la placita de los restaurantes de Galerías, un músico que toca saxofón, estando en tiempo de descanso me llamó y me dijo: ¡Lo felicito por El Nuevo Diario, don Xavier! Está muy bueno, lo leo todos los días en internet. Muchas gracias, le contesté lacónicamente.
Con la muerte de mi hermano Xavier, cuando iba manejando hacia la funeraria, pensé: “Ya se va a acabar este problema de que me digan Xavier”. Sin embargo, no tenía ni media hora de estar saludando y recibiendo el pésame, cuando se me acercó una persona que no conozco y me dijo: “Siento mucho don Xavier”. Yo le dije, señalando el féretro: “Yo soy Jaime, Xavier esta allá”.
Después de esto supe que el ingeniero Enrique Bolaños, ex presidente de Nicaragua, llamó muy temprano a la casa de mi hija, María Paz, a preguntar en qué funeraria me iban a velar.
Pero lo último que podía pensar que me sucediera fue en una misa del triduo. Yo me encontraba en la primera banca de la iglesia y el padre durante toda la misa dijo que se trataba por el descanso de Xavier Chamorro, al final de la misa dio la bendición y después abrió los brazos y dijo con una voz alta y grave: ¡QUÉ DESCANSE EN PAZ DON JAIME CHAMORRO CARDENAL! En toda la iglesia se oyó un murmullo mezclado con una risa contenida.
Tal parece que esta petición para que yo descansara en paz sonó fuerte, pues un amigo de Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) llamó de Honduras para darle el pésame a Hilda, mi esposa, ya que la noticia de mi muerte salió publicada en un periódico de ese país.
Al fin y al cabo, parece que con la muerte de mi hermano la confusión no se terminó como yo pensaba, mas bien se agudizó. A los cinco días del fallecimiento de Xavier fui a comprar a un establecimiento y la dependienta se me acercó como con pena, y me dijo: “Estoy haciendo la factura y estoy un poco confundida, ¿cuál es el que murió, Jaime o Xavier?”
Por dicha y gracias a Dios un día de esta semana fui a una misa de muerto y volví a la vida cuando alguien me saludó con gran alegría, diciéndome: “¡Ah, pues no fuiste vos el que murió!”