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La guerra se puede evitar
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Después de los acontecimientos y declaraciones de los últimos días, que venían escalando el conflicto entre Ecuador y Colombia, la guerra parecía inminente. Sin embargo la Organización de Estados Americanos (OEA) logró ayer que los representantes de ambos países se pusieran de acuerdo en tres puntos que al menos dan tiempo a buscar una solución política permanente.

Ahora bien, lo fundamental para resolver este conflicto y prevenir otros parecidos, radica en el reconocimiento al principio de que el respeto a la soberanía nacional de cada país debe ser integral. O sea que Colombia no debe violar las fronteras de sus vecinos, como hizo el sábado 1 de marzo cuando efectivos militares y policiales colombianos se adentraron en territorio de Ecuador para realizar el fulminante operativo en el que mataron a 17 guerrilleros de las FARC, entre ellos el segundo jefe de esa organización terrorista que era conocido por su falso nombre de Raúl Reyes. Pero al mismo tiempo, el Gobierno de Ecuador no debe permitir y mucho menos autorizar que su territorio sea utilizado como base de operaciones o retaguardia estratégica de las FARC, que libran una sangrienta lucha armada y terrorista contra el Estado democrático colombiano y su gobierno legítimamente constituido.

La verdad es que las fuerzas militares y policiales de Colombia no entraron al territorio de Ecuador, el sábado 1 de marzo, para atacar y matar a ecuatorianos, sino a terroristas colombianos de las FARC. Si el territorio de Ecuador no fuera usado como base de operaciones o retaguardia de las FARC no habría ocurrido este conflicto entre los dos países vecinos. De manera que así como Colombia ha dado satisfacciones a Ecuador y se compromete solemnemente a respetar sus fronteras, igualmente el Gobierno ecuatoriano debe asumir el compromiso de impedir que los narcoterroristas de las FARC sigan usando el territorio ecuatoriano para agredir al Estado, al Gobierno y a la población civil colombiana.

La Organización de Estados Americanos (OEA), que facilitó el acuerdo de ayer entre Colombia y Ecuador, puede ayudar efectivamente a resolver este conflicto en forma duradera, siempre y cuando procure el respeto equilibrado entre las partes. Al respecto mucho podría contribuir el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, si dejara de entrometerse en el conflicto bilateral de Colombia con Ecuador. Y lo mismo debe hacer el Gobierno de Nicaragua, que nada tiene que ver con este pleito colombo-ecuatoriano. Las intromisiones de terceros sólo sirven para ampliar, profundizar y agravar el conflicto. ¿O es que Chávez y sus aliados y seguidores quieren de verdad hacer la guerra contra Colombia y derribar su gobierno, al que el mandatario venezolano califica como “cachorro del imperio de Estados Unidos” y Daniel Ortega lo acusa de ser “una amenaza para Iberoamérica” y, por lo tanto, contra Nicaragua?

El presidente Ortega debería considerar también que mezclar la disputa por límites marítimos en el Caribe que Nicaragua tiene con Colombia, y alinearse con la posición belicosa anticolombiana del Presidente de Venezuela, puede perjudicar el interés nicaragüense en el juicio que se tramita actualmente en la Corte Internacional de Justicia. Además, involucrar a Nicaragua en una guerra regional, por un entierro en el que el país no tiene ninguna vela que encender, tendría efectos catastróficos para el pueblo nicaragüense y para el mismo gobierno de Daniel Ortega.

Quienes desestiman la posibilidad de una guerra en el Sur de América y el Caribe, deberían recordar que prácticamente todas las revoluciones lideradas por individuos radicales e irresponsables han derivado de una u otra manera en guerras locales e internacionales. Y también deberían tomar en cuenta que en Venezuela está en curso actualmente una revolución llamada bolivariana; que en Nicaragua Daniel Ortega y el FSLN tratan de restaurar la dictadura populista e impulsar una segunda etapa de la revolución sandinista; y que los gobernantes de Ecuador y Bolivia dicen estar refundando de manera revolucionaria el Estado y la sociedad de sus países. De manera que no sería sorprendente que estos países revolucionarios provocaran una guerra local o regional.

Pero las guerras no son ineluctables. Siempre es posible evitarlas. Y la OEA puede, con sus oficios diplomáticos y políticos, impedir que se desate una guerra en América del Sur y el Caribe, que sólo personas anormales la pueden desear e instigar.

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