Los Oscares pasaron y dictaron su sentencia. Sin Lugar para los Débiles se llevó el galardón a la mejor película, cumpliéndose los pronósticos especializados. A mi juicio lo mejor del año pasado fue la también nominada Michael Clayton, el drama legal protagonizado por George Clooney. Sin embargo, sin restarle méritos a la anticonvencional y violenta película dirigida por los hermanos Coen, la épica de Petróleo Sangriento, la otra gran favorita para arrasar con los premios de la Academia, terminó impactándome con la misma fuerza con la que brota el petróleo desde las entrañas de la tierra.
El Oscar a su actor protagonista, Daniel Day-Lewis, fue un innegable reconocimiento al carácter del filme y un merecido consuelo ante el revés impuesto por la Academia.
Esta la crónica del ascenso de un humilde y renco minero, Daniel Plainview (Day-Lewis), que por un golpe de suerte pasa a ser parte del boom petrolero de principios del siglo XX en California, convirtiéndolo en rico de la noche a la mañana.
El personaje de Plainview termina consagrando a Day Lewis como el mejor actor dramático de nuestros tiempos. Este es el rol más fuerte que haya enfrentado, por encima incluso del desalmado carnicero humano que encarnó en Pandillas de Nueva York. Su renuencia a aceptar otros roles que no sean personajes con complicados conflictos emocionales le arrebatan el estatus del MVP de Hollywood, más aun cuando en la acera de enfrente tenemos los exitosos riesgos que ha tomado Johnny Deep, por ejemplo.
Pero es imposible no quedar satisfechos a ver los resultados en pantalla del misterioso “método” de Day Lewis, para asumir sus fuertes roles. El actor termina consumiéndose por el personaje y es Plainview, no Day Lewis, quien se transforma ante nosotros. No es el mismo Plainview quien tima a unos humildes campesinos para comprar sus tierras a precio de guate mojado, ni el afectuoso y severo padre o el hipócrita que decide aceptar a Dios sólo para satisfacer a un oportunista predicador religioso interpretado por Paul Dano, el adolescente mudo por su propio gusto en Miss Little Sunshine, y quien es un digno contendiente de la pirotecnia histriónica emanada por Day Lewis.
Como toda buena película, el clímax de la historia llega precisamente al final de ésta. En un tragicómico duelo verbal con su mayor adversario, Plainview se convierte en un ser lastimoso, gracioso y odiado, en cuestión de minutos. Una perfecta combustión que detona como pozo en llamas en un impactante desenlace. No se lo pierda.